Nuestra escapada a Baiona

A veces, la verdadera desconexión no requiere cruzar océanos ni tomar vuelos interminables. Basta con recorrer unos pocos kilómetros hacia el sur para que la mente cambie por completo de sintonía. Dejar atrás el bullicio de nuestra rutina diaria en Vigo siempre es un alivio, pero esta vez la aventura tenía un matiz muy especial. Después de darle algunas vueltas a la idea, por fin teníamos las llaves de la camper de mi hermano. Esa pequeña casa rodante nos prometía la libertad absoluta para nuestra ansiada escapada de vacaciones, y no podía ser otro que destino Baiona.

El trayecto por la carretera de la costa, serpenteando con el mar siempre a nuestra derecha y las Islas Cíes custodiando el horizonte, fue el preámbulo perfecto. Mi mujer, en el asiento del copiloto, ya iba trazando el mapa mental de las callejuelas y tabernas que pensábamos visitar, con esa ilusión contagiosa de los primeros días libres. Al llegar, nos recibió la imponente silueta de la Fortaleza de Monterreal, irguiéndose como un viejo guardián de piedra sobre la península de Monte Boi. Aparcamos la camper cerca de la bahía, abrimos las puertas traseras para dejar entrar la suave brisa marina y supimos de inmediato que habíamos acertado de pleno.

Baiona tiene ese encanto magnético de las villas marineras que saben conservar su peso histórico sin darle la espalda al presente. Pasear por su casco antiguo es dejarse envolver por el olor a salitre que se mezcla irremediablemente con el aroma a marisco fresco y empanada que escapa de los restaurantes tradicionales. Caminamos sin rumbo fijo, perdiéndonos entre las casas blasonadas, los soportales y las estrechas calles empedradas. Nos detuvimos un buen rato en el puerto frente a la réplica de la carabela Pinta, maravillándonos al recordar que fue justo en estas aguas donde el Viejo Mundo escuchó por primera vez la noticia de que existía un continente al otro lado del océano.

Pero si hay un momento que definió verdaderamente nuestras vacaciones, fue el atardecer recorriendo el Paseo de Monte Boi. Bordeamos las inmensas murallas de la fortaleza mientras el sol comenzaba a esconderse, tiñendo el cielo gallego de tonos anaranjados y púrpuras. El sonido del Atlántico rompiendo con fuerza contra las rocas creaba una banda sonora natural que invitaba a la pausa y a la respiración profunda. Compartimos un silencio cómplice, sintiendo cómo la tensión acumulada de los últimos meses se disolvía con el choque de cada ola.

Esa noche, de vuelta en el acogedor y reducido espacio de la furgoneta, brindamos con un buen albariño bajo un cielo completamente despejado. No necesitábamos lujos, ni grandes hoteles, ni cruzar fronteras. Teníamos el sonido constante del mar, la rica gastronomía local y la inmensa suerte de poder disfrutar de la magia de nuestra costa a nuestro propio ritmo. Baiona nos recordó que el refugio perfecto a menudo está a la vuelta de la esquina, esperando pacientemente a que decidamos arrancar el motor y salir a disfrutarlo.