La conversación que no quería tener: mi cita pendiente con el espejo

Hay conversaciones que uno va posponiendo indefinidamente, y la más difícil de todas suele ser con uno mismo, frente al espejo. La mía lleva gestándose meses, quizás años, en un silencio incómodo. La he visto venir en la almohada por las mañanas, en el cepillo después de la ducha y, sobre todo, bajo la luz implacable del ascensor. Pero hoy, un lunes cualquiera de octubre aquí en Vigo, he decidido que no puedo seguir ignorándolo. El pelo que se queda en mis manos es más del que debería, y la línea del cabello ha emprendido un lento pero firme viaje hacia atrás.

Asumirlo es el primer paso, y el más duro. El cabello es una parte tan intrínseca de nuestra identidad que ver cómo se debilita te golpea directamente en la autoestima. Es una sensación extraña, una especie de duelo silencioso que no te atreves a compartir por miedo a que suene superficial o vanidoso. Pero no lo es. Es ver cómo tu imagen, la que siempre te ha devuelto el espejo, empieza a cambiar sin tu permiso.

Durante un tiempo, me autoengañé. “Es el estrés del trabajo”, “será el cambio de estación”. Pero el otoño ha llegado a Vigo, y mi cabello parece estar cayendo al mismo ritmo que las hojas de los árboles de Castrelos. Ya no valen las excusas. Es el momento de actuar, de dejar la negación a un lado y tomar las riendas.

Así que esta tarde, con una mezcla de aprensión y determinación, me he sentado frente al ordenador y he tecleado las palabras que tanto me resistía a escribir: «tratamientos alopecia en Vigo«. He empezado a leer sobre diagnósticos, especialistas, clínicas, sobre plasma rico en plaquetas, minoxidil y microinjertos. El universo de información es abrumador, pero entre todo ese ruido técnico, he encontrado algo de esperanza.

Ver que existen soluciones, que hay profesionales aquí mismo, en mi ciudad, dedicados a esto, ha sido como encender una luz en una habitación oscura. Ya no se trata de resignarse, sino de informarse y buscar ayuda. El camino no será fácil, lo sé. Pero dar este primer paso, el de admitir el problema y buscar activamente una solución, ya se siente como una pequeña victoria. La conversación con el espejo ha terminado. Ahora empieza la acción.