De enero a diciembre, la «capital» de la Costa del Sol es un destino turístico de excepción, con una atractiva oferta de playas, monumentos y museos. Los viajeros ahorradores o con presupuestos ajustados ‘huyen’ de la temporada alta por sus precios elevados y dificultad para conseguir hotel o reservar parking en Malaga.
En opinión de los propios turistas, los meses de primavera y otoño representan la mejor época para visitar el municipio andaluz. Una de las razones es la mayor disponibilidad de alojamientos, restaurantes y parkings (incluso la difícil tarea de encontrar aparcamiento se simplifica durante esta época).
De fines de septiembre a principios de junio, la masificación se reduce drásticamente, junto con el precio de los tickets y reservas, las listas de espera online o las colas en monumentos, cines y centros de ocio. También la flexibilidad de horarios y actividades aumenta en Málaga por este motivo.
Con el desplome de la demanda, los precios en general se vuelven más asequibles. El coste de hoteles y vuelos es más fácil de adaptar al presupuesto disponible, dejando un mayor margen para adquirir suvenires o prolongar las vacaciones.
En particular, esta caída en la afluencia turística beneficia a los viajeros interesados en alojarse en hoteles de áreas céntricas, como el casco antiguo. Presumiblemente, el personal estará menos ocupado fuera de temporada y podrá dedicar mayores atenciones a los huéspedes existentes.
Aunque Málaga no figura entre las ciudades más calurosas del sur peninsular, las temperaturas de julio y agosto son difíciles de sobrellevar para el usuario acostumbrado a climas más fríos y húmedos. En otoño y primavera, el clima es más agradable y permite pasar más tiempo al aire libre, sin temor a las quemaduras solares. La temporada baja implica, además, una mayor seguridad, pues la tasa de robos y crímenes tiende a reducirse.